24 07 2007

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La violencia contra las mujeres en el espacio doméstico es una realidad crecientemente reconocida. Sin embargo, la reducción del fenómeno social a una de sus manifestaciones, y la identificación de las mujeres sólo como víctimas, están siendo obstáculos para adelantar en las transformaciones culturales que su erradicación requiere. Reconocer las diversas manifestaciones de violencia contra las mujeres como parte fundamental de una construcción cultural basada en el poder y dominio masculino permitirá reconocer las claves para efectuar las necesarias transformaciones.

En esta perspectiva, afirmar la condición de sujetas en las mujeres, su capacidad de tomar decisiones autónomas respecto de sus vidas y rechazar la violencia que las afecta como género, provoca un cambio de efectos profundos tanto en las mujeres como en la sociedad.

La incipiente visibilidad del femicidio se presenta como una oportunidad para evidenciar -en el extremo- las conexiones entre las diversas manifestaciones de violencia contra las mujeres que subyacen a estos crímenes. Si bien se ha logrado instalar el problema persisten las tendencias, en los medios y en los administradores de justicia, a calificarlos como “crímenes pasionales” y a patologizar a los agresores; lo que impide a los distintos estamentos de la sociedad comprender el fenómeno y asumir, en consecuencia, una actitud de rechazo al abuso y la violencia como forma de poder, y a las sistemáticas violaciones de los derechos de las humanas.

La violencia sexual que viven a diario mujeres en sus casas, en las calles, en las escuelas, en el trabajo, en la política, en la televisión y en el cine, no ha sido abordada como tal, y cuando ésta aparece, es en relación a los niños, cargada de sensacionalismo y vinculada a escándalos del mundo político y religioso; los agresores, al igual que los femicidas, son patologizados. La violencia sexual quedó reducida a una mera falta en el código laboral, sin que se establezcan sanciones a un hecho delictual que viola los derechos fundamentales de las mujeres. En los espacios educacionales, su visibilidad se remite a la denuncia de madres y padres de las afectadas, sin que se la identifique como una manifestación más de la violencia contra las mujeres. Las agresiones sexuales a mujeres jóvenes y adultas en las calles han sido históricamente naturalizadas y permanecen impunes. El incesto y la violación se consideran delitos distintos y diferentes de la violencia contra las mujeres.

El descrédito y la descalificación permanente son también formas legitimadas de violencia hacia las mujeres que se hacen actualmente visibles en el mundo político. Abrir debate sobre estos hechos es una oportunidad para explicitar las conexiones entre violencia y discriminación, y las resistencias a los cambios en las relaciones de poder que han discriminado y excluido históricamente a las mujeres.

leer más en:    http://www.nomasviolenciacontramujeres.cl/


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